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Los gritos siempre son una expresión de frustración e impotencia. Cuando les gritamos a los niños no tenemos más razón, simplemente estamos expresando nuestra
incapacidad para hacer valer nuestra autoridad de una manera más asertiva. Por eso, gritar a los niños nunca es una buena opción ya que termina validando
comportamientos y formas de relacionarse agresivas, donde gana el más fuerte o, en este caso, quien más grite. Por otra parte, los niños pequeños no son capaces de comprender que los gritos son una expresión de desesperación adulta, por lo que a menudo asumen que sus
padres no les quieren y no son dignos de su amor, lo cual termina afectando profundamente su autoestima. Sin embargo, los gritos no solo tienen un fuerte impacto
psicológico sino que también afectan el desarrollo del cerebro infantil. Ante los gritos, se activa en los niños la emoción del miedo, y esta bloquea una zona en la amígdala que impide el paso de nueva información. La amígdala, está
encargada entre otras cosas de almacenar y regular las emociones. Según Justin Feinsten, científico de la Universidad de Iowa (EEUU), cuando la amígdala
detecta un peligro (como pueden ser los gritos), activa una respuesta que nos empuja a alejarnos de la amenaza. Publicidad La zona del sistema límbico donde está la amígdala, despliega una especie de "escudo" para protegerse de los gritos. El corazón se acelera, se empieza a
segregar adrenalina y las pupilas se dilatan. Se segrega cortisol, la hormona del estrés, que prepara para dar respuesta a ese peligro. "Es una reacción que
compartimos con las demás especies animales", explica el neurólogo infantil, Nicolás Schnitzler, especialista del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco). Lo hace
mediante unos neurotransmisores que activan sustancias como la dopamina, la adrenalina y los glucorticoides. Un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard, demostró que los gritos, el maltrato verbal y la humillación o la combinación de los tres elementos alteran de
forma permanente la estructura cerebral infantil. En tal estudio, analizaron el cerebro de 50 chicos con problemas psiquiátricos que habían sufrido maltrato familiar y
los compararon con la estructura cerebral de niños que no recibían malos tratos. Los que habían crecido en ambientes hostiles tenían una reducción del cuerpo
calloso del cerebro, que es la parte que conecta ambos hemisferios. Los gritos y la humillación, concluyeron los especialistas, hacen que los dos hemisferios se
desconecten. ¿Cuál es el resultado? Produce que los cambios de personalidad y de estado de ánimo sean más marcados. Esto, entre otras cuestiones,
compromete la estabilidad emocional y aumenta la dispersión atencional. Tal como dice la experta en crianza Tania García, "las consecuencias negativas de los gritos a nuestros hijos son múltiples; los beneficios, ninguno". Se bloquea el proceso de aprendizaje Aunque hay quienes creen que gritando es como el niño aprende, en realidad están equivocados. Lo único que registra es que debe ser sumiso ante la autoridad,
pero no entiende los motivos por los que le está sucediendo eso. Se activa el miedo Cuando se le grita a un niño, su cerebro libera hormonas que preparan al cuerpo para huir. Son las mismas que causan el estrés crónico, por lo que gritarle a un
niño es generarle permanente estrés de forma innecesaria. Registra recuerdos negativos Seguramente estás de acuerdo con que los recuerdos negativos a veces pesan más que los positivos. Cuando le gritas a un niño, lo único que hace es registrar en
su cerebro malos recuerdos que, a largo plazo, le generarán problemas emocionales, angustia y ansiedad. Los niños que reciben gritos como medida de disciplina habitual aprenden patrones de acción desadaptativos y disfuncionales. Incluso podrían desarrollar un
patrón de conductas agresivas o, por el contrario, una timidez extrema, miedo y sometimiento. En cualquiera de los casos, son conductas que van a repercutir de
modo negativo en sus interacciones racionales, tanto en la infancia como en la vida adulta. 1. El primer paso es reconocer que gritamos demasiado y querer poner fin a este problema. Una vez que lo reconozcas, seguro que pones todo por tu
parte para dejar de gritar a tus hijos. 2. Aprende a controlar tus emociones. Los gritos no son más que los truenos de la ira. Si destapas la caja de la furia, lo más normal es que salga a raudales
mediante gritos y más gritos. Por eso, debes aprender a canalizar esa ira. ¿Cómo? Existen muchos métodos de relajación, meditación o Mindfulness (Prestar
atención de manera intencional al momento presente, sin juzgar) que pueden ayudarte. 3. Ejercita la paciencia. Sí, la paciencia se entrena. Tal vez pienses que es algo con lo que se nace, y que por eso tú no eres nada paciente. Nada más
lejos de la realidad. Con determinación, control de las emociones... conseguirás tener más paciencia cada día. 4. Recuerda tu edad y la de tus hijos. No te pongas a su mismo nivel. Ellos son niños. Tú, su adulto de referencia. Los niños hacen cosas de niños y
cometen errores. Tú estás ahí para guiarles y decirles cómo corregir esos errores. Y por supuesto, entre tus funciones está la de repetir a tus hijos cien veces las
mismas cosas. 5. No pagues tus problemas con tus hijos. Muchas veces, llegamos a casa después de tener un mal día en el trabajo... y lo pagamos con las personas
menos indicadas: los hijos. De pronto una pequeña gota hace que se colme el vaso, y estallas como una olla a presión. Insistimos en hacer ejercicios de relajación
para deshacerte de la ira. 6. Tú también puedes usar la famosa técnica de la tortuga. Cuando te sientas muy enfadado y a punto de gritar, piensa que eres una tortuga. Imagina que
te puedes encerrar en tu cascarón y allí dentro, cuenta hasta 10. ¡Funciona! 7. Nunca pierdas el respeto por tus hijos. Si terminas gritando con insultos y humillaciones hacia tus hijos, perderás todo el respeto, ya que tú tampoco
demuestras ningún respeto hacia ellos. 8. Busca otras técnicas para que te obedezcan. Por ejemplo, la técnica del sándwich, que consiste en recordarle a tu hijo algo qué hace bien, plantearle
aquello que quieres que cambie porque consideras que no lo hace bien, y terminas agradeciendo que vaya a intentarlo y a esforzarse. Ya sabes, educación en
positivo. 9. Aprende a pedir perdón. Una buena forma de enseñar a tus hijos a pedir perdón, es pidiéndoselos a ellos. Nada como el ejemplo. Si en algún momento
te pasaste, no controlaste tu ira y terminaste gritándoles, deja tu orgullo y pide perdón, claro que lo entenderán y te perdonarán. 10. Pacta con tu pareja este tipo de educación. Si tú consigues eliminar los gritos pero tu pareja continúa con ellos, habrás arreglado el problema "a
medias". Cuando estés ante una situación difícil con tus hijos, recuerda evitar gritar, y si debes realizar una fuerte llamada de atención, no te culpes, pero no te excedas...
Respira y vuelve a intentarlo. Fuentes:
¿Sabías que los gritos afectan a nivel cerebral?

Las neurociencias explican que los gritos activan un área del cerebro de los chicos que impide que hagan eso que los padres están buscando. "No pueden pensar
ni razonar. Entran en un modo de supervivencia que sólo les permite tres respuestas: huir, luchar o paralizarse", explica Verónica de Andrés, una de las autoras del
libro "Confianza total para tus hijos" (Planeta), magíster en Educación de la Universidad de Oxford Brookes de Inglaterra y especializada en neurociencia y
aprendizaje efectivo.Consecuencias negativas de gritarles a los niños



10 claves para no gritarle a los niños



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